de a poco
estoy dándome cuenta que
uso las formas más estúpidas
con más curvas que una estatua antigua
zigzagueantes
complicadas
a tres bandas
indirectas
de decirte algunas cosas
que me hacen cosquillas o se me mueven
por adentro y afuera
cuando lo que tengo que hacer es tan simple como
no decir nada
y sentarme en la puerta de tu casa
o en la esquina por la que ambos pasamos siempre
a deshoras
y dejar correr el tiempo
o el día entero
con un ramo muy grande de flores
chiquitas pero muchas
así son más y se la bancan mejor
el disco que sé que te gusta
dos entradas para el cine
o sería una buena idea
se me ocurre ahora
regalarte el submarino amarillo
el que usaban mis hijas cuando llenabamos la bañadera
que tengo hace años sobre una repisa
al lado de algunos libros y otras cosas
hasta que vos salgas o pases
como siempre
con la cabeza en los asuntos del día
no pensando en flores ni submarinos
y mucho menos amarillos
si algo de eso es bienvenido
te pediría una cosa a cambio:
que te rías siempre
de esa forma que, parece, tratás de disimular
(son suposiciones, especulaciones,
no lo tomes demasiado en serio)
la que escuché o ví como al pasar,
un poco a las apuradas
(creo que fue en una plaza)
pero que a mí me hace bien
tanto como para que me vengan
absurdas ganas de reírme a la vez
de una manera que
(esto sí puedo afirmarlo)
casi siempre disimulo o me guardo
no decir nada, o casi
lunes 24 de agosto de 2009
lunes 17 de agosto de 2009
jazz devils
estaba en la cocina
por la ventana entraba un aire fresco y rico
era tarde
en un momento la cabeza
que casi siempre anda suelta del cuerpo
se me fijó en tu entrecejo
y decidí entonces estudiarlo
me dejé ir un rato por ese tobogán suave
entre dos lagos que de tan profundos
parecen siempre negros
después de resbalar
hasta quedarme colgado de algún otro lugar tuyo
me fui a acariciar a mis hijas
que dormían con una sonrisa
por la ventana entraba un aire fresco y rico
era tarde
en un momento la cabeza
que casi siempre anda suelta del cuerpo
se me fijó en tu entrecejo
y decidí entonces estudiarlo
me dejé ir un rato por ese tobogán suave
entre dos lagos que de tan profundos
parecen siempre negros
después de resbalar
hasta quedarme colgado de algún otro lugar tuyo
me fui a acariciar a mis hijas
que dormían con una sonrisa
moebius
y así continúo siempre, corriendo y cayendo (david sylvian)
había una vez un hombre que cada tanto, en ciertos momentos, se repetía a si mismo: no quiero estar solo.
generalmente esa elemental decisión le hacía chispa en la cabeza cuando estaba en su casa, por ejemplo, estricta y físicamente solo.
solo hasta quedarse cortísimo de sí mismo.(1)
entonces, y a pesar de que a veces no era nada fácil, juntaba los pedacitos de fuerza que le quedaban en los rincones o había guardado cuidadosamente por las dudas -no importaba si fuerza de voluntad o de algunas otras, porque igual en la suma y mezcla terminaban pareciéndose- y salía como quien dice a dar una vuelta, desde luego sin rumbo y sin hora de regreso. eso es dar una vuelta.
en esas ocasiones se tropezaba, por ejemplo, con algún vecino de esos que tenemos todos, con los que hablamos muchas veces del clima, algunas otras comentamos la renuncia del ministro de economía -hecho que en alguna gente suele provocar cierta picante incertidumbre y para otros es sinónimo de desastres que nunca ocurrirán pero que son hasta reconfortantes de suponer por el hecho de que algo diferente suceda- o simplemente le elogiamos el pelo del perro porque tiene un perro y a los dueños les gusta que les hablen bien del pichi aunque sea un animal mas bien feo.
otras veces se sentaba en algun barcito de almagro -vivía, cabe en este punto aclarar, justo en el límite palermo-almagro y entre ambos no dudaba en la elección- con un libro de esos bien jodidos y demandantes y lo leía de a ratos, compartiendo la atención con un café gigante o una cervecita dependiendo de la temperatura, con la gente que pasaba como pasa la gente, todo el tiempo, con alguna chica que también pasara -y que casi siempre poseyera el don divino de unos ojos oscuros, aunque no era excluyente sino una preferencia, como un imán-, con puteadas entre automovilistas estresados o cualquier otra cosa que lo sacara del texto helicoidal, traicionero, absorbente. los libros más fáciles, por así agruparlos, los reservaba para la cama o el subte, los asociaba más con el sopor.
también lo han visto -aunque menos frecuentemente- sacando fotos de altares tallados en gruesos troncos de árboles en boedo, pequeñas alcantarillas insertadas caprichosamente, como por prepotencia, en cordones de veredas ahí cerquita en palermo, cúpulas de edificios en avenida de mayo los domingos a la tarde en verano, o simplemente familias de picnic en parque centenario. sin embargo nunca había sentido ganas, si de fotografías hablamos, de hacer un viaje en colectivo o tren por el simple hecho de ver con qué se topaba. cuando hiciera un viaje por voluntad, íntimamente quería que sea bien lejos. muchas veces también lamentó no tener la cámara en el bolso cuando un hecho magnífico por lo insignificante sucedía, pero bueno, ajo y agua por no tener el hábito de llevarla siempre en el bolso junto a los libros bravos y otros etcéteras.
más de una vez se vió involucrado en situaciones no muy frecuentes como terminar fumando y bebiendo con desconocidos que a los diez minutos se daba cuenta que conocía más que a sí mismo, o comiendo cosas riquísimas y cagándose de risa en un grupo que le brindó su afecto aunque cada tanto tuviera que recordarles cómo se llamaba. una vez hasta jugó al fútbol como cuando borrego y le salió bastante bien, hizo goles.
algunas contadas veces retomó el hábito adolescente de llevar discos a casas de gente para escucharlos juntos, porque era un defensor a muerte de la costumbre de juntarse a escuchar música, ni más ni menos que eso, puro placer. en esas veladas, una mirada esporádica pero casi siempre mutua y coincidente, alcanzaba para entender que, mientras la música no se acabara había muchos pequeños mundos escondidos para compartir. porque uno sabe siempre con quien se junta a escuchar música. la pequeña decepción venía por el lado del acarreo: prefería cargar kilos de vinilos abajo del brazo, como cuando se atrevió con veinticinco de zappa hasta lo de una novia en isidro casanova, a transportar comodamente muchos más cds y mp3. la música en otros tiempos se llevaba más digna, desafiante y orgullosamente, como diciendo es esto, ¿y qué?.
pero
cuando la fuerza que encontraba y lograba juntar no le alcanzaban para dar una vuelta, ni para sentarse a leer por décima vez dostoievski, por centésima a kafka ni por milésima a cortázar, ni a girondo, ballard, gelman, baudelaire o joyce, y no tenía ganas de escuchar música con nadie -a pesar de que hasta se había vuelto a fabricar el doble auricular del que siempre hablaba luca y que él usó con la madre de sus hijas y hasta con sus hijas- y no tenía ni la más chiquita intención de sacar una foto ni en el espejo del baño, y muchísimo menos de cambiar palabras con ningún vecino, se refugiaba en su casa a tocar la guitarra (o lo que hubiese a mano) poco y mal, a cantar a los gritos con los auriculares puestos -pero no con los de doble comando-, a escribir -también mal y poco-, a trazar planes geniales y armarse futuros bastante lejanos pero que lo hacían sonreir en una torcida perspectiva a fuerza de puro entusiasmo instantáneo, con alguna gente que seguramente apenas conocía, a darse la cabeza contra la computadora saltando de un satélite a otro con la facilidad que conceden los treinta y pico de centímetros de ancho de la pantalla.
porque conservando un mínimo necesario de responsabilidad el día y noche en un punto son lo mismo, se recostaba en la cama sin mirar el reloj a escuchar a miles, al primer spinetta o a david sylvian -éste último lo llevaba a estados indefinibles y especiales- y saboreaba muy lentamente alguna bebida de esas que cada uno se reserva para sí, con los ojos cerrados. sólo los abría algunas veces y se sorprendía mirando el teléfono como si de esa manera -dándole entidad, cuerpo, admitiendo que está ahí y mirandolo unos segundos- pudiera provocar que suene. después, casi invariable e infantilmente se reprochaba esto. porque no le gustaba demasiado hablar por teléfono pero sobre todo porque sabía que de ninguna manera sonaría.
a veces miraba películas. le apasionaba el cine pero en el cine, salvo que nunca supo por qué le disgustaba ir sin compañía. seguramente era debido al ritual del comentario posterior. las veces que fue solo al cine se sintió extraño e incómodo al no poder compartir alguna palabra acerca de lo que había terminado de ver.
casi la vigésima parte de la superficie de la sala la ocupaba una bicicleta que había comprado para comprobar lo que ya sabía: que a pesar de no haber visitado un médico en muchísimos años y no prestarle demasiada atención a su salud física, de ésta tenía para rato y en muy buen estado a pesar de la edad y la vida no demasiado ordenada en casi ningún sentido. salía a pedalear hacia cualquier parte hasta que se alejaba tanto que tenía que detenerse a reconocer dónde estaba y pensar el mejor camino de regreso, sin empedrados ni contramanos. la vuelta, el reposo y la ducha le proporcionaban ese agradable cansancio sin nombre. alguna vez fantaseó con la atractiva posiblidad de que la salud mental se pudiese conservar a fuerza de ejercicios similares, pero enseguida la misma cabeza lo bajaba a la tierra.
en resumen y salvo por algunos detalles más intrascendentes aún que todos los anteriores, podría decirse que esa era casi la tercera parte de su vida. las otras dos partes incluían a su trabajo y a sus hijas, dos ventanas al cielo. pero usando una vieja fórmula de los cuentos, esa es otra historia.
entonces
en algún momento que podía ser cualquiera, invariablemente y con una asistencia perfecta envidiable, llegaba siempre a las mismas estúpidas e innecesarias conclusiones. innecesarias por obvias y estúpidas porque nunca hace falta concluir acerca de lo que uno sabe mejor que su nombre, muy en el fondo y desde siempre.
que efectivamente y a pesar de todo estaba solo, de cualquier manera e hiciera lo que hiciera. que el hecho de saberlo era agrio y dulce (no es lo mismo que agridulce), casi tanto como el hecho mismo de estarlo. que no había música, fotografías, bares, libros, compañías ocasionales ni de trabajo, bebidas, cigarros, películas, ni siquiera hijas, ni la putísima madre que pudiera evitarlo. seguramente porque así nace y muere la gente, alguien dijo. él agregaba a eso que también así transcurría.
que en los cortos ratos en los que dormía lo hacía sin sobresaltos y con ganas. que la vida pasaba subido a un tren que avanzaba muy lento y suave, como si flotara, sin tatán tatán, y el destino al que llegaba siempre era una rambla soleada interminable, bordeada por un lado de agua de olas chiquitas y calmas (2) y del otro de pequeños y cálidos lugares llenos de colores en los que se podía uno meter y era siempre bien recibido. que el amor siempre está ahí, a pesar de la soledad y hasta en los seres más despreciables, sólo que uno no siempre sabe en dónde ponerlo y entonces se lo guarda sin querer, como por un acto reflejo y autodefensivo.
después de todo todo eso, y como le gustaban mucho las mañanas, se levantaba y seguía corriendo y a veces cayéndose.
m.b.
(1) gracias a dulce maría pallero por permitir robarle y adaptar la frase "cortísima de mí"
(2) hay en inglés una palabra para definir a las olas pequeñas y calmas que es "ripples", para la cual no encontré -o no tuve ganas de buscar- equivalente en castellano.
había una vez un hombre que cada tanto, en ciertos momentos, se repetía a si mismo: no quiero estar solo.
generalmente esa elemental decisión le hacía chispa en la cabeza cuando estaba en su casa, por ejemplo, estricta y físicamente solo.
solo hasta quedarse cortísimo de sí mismo.(1)
entonces, y a pesar de que a veces no era nada fácil, juntaba los pedacitos de fuerza que le quedaban en los rincones o había guardado cuidadosamente por las dudas -no importaba si fuerza de voluntad o de algunas otras, porque igual en la suma y mezcla terminaban pareciéndose- y salía como quien dice a dar una vuelta, desde luego sin rumbo y sin hora de regreso. eso es dar una vuelta.
en esas ocasiones se tropezaba, por ejemplo, con algún vecino de esos que tenemos todos, con los que hablamos muchas veces del clima, algunas otras comentamos la renuncia del ministro de economía -hecho que en alguna gente suele provocar cierta picante incertidumbre y para otros es sinónimo de desastres que nunca ocurrirán pero que son hasta reconfortantes de suponer por el hecho de que algo diferente suceda- o simplemente le elogiamos el pelo del perro porque tiene un perro y a los dueños les gusta que les hablen bien del pichi aunque sea un animal mas bien feo.
otras veces se sentaba en algun barcito de almagro -vivía, cabe en este punto aclarar, justo en el límite palermo-almagro y entre ambos no dudaba en la elección- con un libro de esos bien jodidos y demandantes y lo leía de a ratos, compartiendo la atención con un café gigante o una cervecita dependiendo de la temperatura, con la gente que pasaba como pasa la gente, todo el tiempo, con alguna chica que también pasara -y que casi siempre poseyera el don divino de unos ojos oscuros, aunque no era excluyente sino una preferencia, como un imán-, con puteadas entre automovilistas estresados o cualquier otra cosa que lo sacara del texto helicoidal, traicionero, absorbente. los libros más fáciles, por así agruparlos, los reservaba para la cama o el subte, los asociaba más con el sopor.
también lo han visto -aunque menos frecuentemente- sacando fotos de altares tallados en gruesos troncos de árboles en boedo, pequeñas alcantarillas insertadas caprichosamente, como por prepotencia, en cordones de veredas ahí cerquita en palermo, cúpulas de edificios en avenida de mayo los domingos a la tarde en verano, o simplemente familias de picnic en parque centenario. sin embargo nunca había sentido ganas, si de fotografías hablamos, de hacer un viaje en colectivo o tren por el simple hecho de ver con qué se topaba. cuando hiciera un viaje por voluntad, íntimamente quería que sea bien lejos. muchas veces también lamentó no tener la cámara en el bolso cuando un hecho magnífico por lo insignificante sucedía, pero bueno, ajo y agua por no tener el hábito de llevarla siempre en el bolso junto a los libros bravos y otros etcéteras.
más de una vez se vió involucrado en situaciones no muy frecuentes como terminar fumando y bebiendo con desconocidos que a los diez minutos se daba cuenta que conocía más que a sí mismo, o comiendo cosas riquísimas y cagándose de risa en un grupo que le brindó su afecto aunque cada tanto tuviera que recordarles cómo se llamaba. una vez hasta jugó al fútbol como cuando borrego y le salió bastante bien, hizo goles.
algunas contadas veces retomó el hábito adolescente de llevar discos a casas de gente para escucharlos juntos, porque era un defensor a muerte de la costumbre de juntarse a escuchar música, ni más ni menos que eso, puro placer. en esas veladas, una mirada esporádica pero casi siempre mutua y coincidente, alcanzaba para entender que, mientras la música no se acabara había muchos pequeños mundos escondidos para compartir. porque uno sabe siempre con quien se junta a escuchar música. la pequeña decepción venía por el lado del acarreo: prefería cargar kilos de vinilos abajo del brazo, como cuando se atrevió con veinticinco de zappa hasta lo de una novia en isidro casanova, a transportar comodamente muchos más cds y mp3. la música en otros tiempos se llevaba más digna, desafiante y orgullosamente, como diciendo es esto, ¿y qué?.
pero
cuando la fuerza que encontraba y lograba juntar no le alcanzaban para dar una vuelta, ni para sentarse a leer por décima vez dostoievski, por centésima a kafka ni por milésima a cortázar, ni a girondo, ballard, gelman, baudelaire o joyce, y no tenía ganas de escuchar música con nadie -a pesar de que hasta se había vuelto a fabricar el doble auricular del que siempre hablaba luca y que él usó con la madre de sus hijas y hasta con sus hijas- y no tenía ni la más chiquita intención de sacar una foto ni en el espejo del baño, y muchísimo menos de cambiar palabras con ningún vecino, se refugiaba en su casa a tocar la guitarra (o lo que hubiese a mano) poco y mal, a cantar a los gritos con los auriculares puestos -pero no con los de doble comando-, a escribir -también mal y poco-, a trazar planes geniales y armarse futuros bastante lejanos pero que lo hacían sonreir en una torcida perspectiva a fuerza de puro entusiasmo instantáneo, con alguna gente que seguramente apenas conocía, a darse la cabeza contra la computadora saltando de un satélite a otro con la facilidad que conceden los treinta y pico de centímetros de ancho de la pantalla.
porque conservando un mínimo necesario de responsabilidad el día y noche en un punto son lo mismo, se recostaba en la cama sin mirar el reloj a escuchar a miles, al primer spinetta o a david sylvian -éste último lo llevaba a estados indefinibles y especiales- y saboreaba muy lentamente alguna bebida de esas que cada uno se reserva para sí, con los ojos cerrados. sólo los abría algunas veces y se sorprendía mirando el teléfono como si de esa manera -dándole entidad, cuerpo, admitiendo que está ahí y mirandolo unos segundos- pudiera provocar que suene. después, casi invariable e infantilmente se reprochaba esto. porque no le gustaba demasiado hablar por teléfono pero sobre todo porque sabía que de ninguna manera sonaría.
a veces miraba películas. le apasionaba el cine pero en el cine, salvo que nunca supo por qué le disgustaba ir sin compañía. seguramente era debido al ritual del comentario posterior. las veces que fue solo al cine se sintió extraño e incómodo al no poder compartir alguna palabra acerca de lo que había terminado de ver.
casi la vigésima parte de la superficie de la sala la ocupaba una bicicleta que había comprado para comprobar lo que ya sabía: que a pesar de no haber visitado un médico en muchísimos años y no prestarle demasiada atención a su salud física, de ésta tenía para rato y en muy buen estado a pesar de la edad y la vida no demasiado ordenada en casi ningún sentido. salía a pedalear hacia cualquier parte hasta que se alejaba tanto que tenía que detenerse a reconocer dónde estaba y pensar el mejor camino de regreso, sin empedrados ni contramanos. la vuelta, el reposo y la ducha le proporcionaban ese agradable cansancio sin nombre. alguna vez fantaseó con la atractiva posiblidad de que la salud mental se pudiese conservar a fuerza de ejercicios similares, pero enseguida la misma cabeza lo bajaba a la tierra.
en resumen y salvo por algunos detalles más intrascendentes aún que todos los anteriores, podría decirse que esa era casi la tercera parte de su vida. las otras dos partes incluían a su trabajo y a sus hijas, dos ventanas al cielo. pero usando una vieja fórmula de los cuentos, esa es otra historia.
entonces
en algún momento que podía ser cualquiera, invariablemente y con una asistencia perfecta envidiable, llegaba siempre a las mismas estúpidas e innecesarias conclusiones. innecesarias por obvias y estúpidas porque nunca hace falta concluir acerca de lo que uno sabe mejor que su nombre, muy en el fondo y desde siempre.
que efectivamente y a pesar de todo estaba solo, de cualquier manera e hiciera lo que hiciera. que el hecho de saberlo era agrio y dulce (no es lo mismo que agridulce), casi tanto como el hecho mismo de estarlo. que no había música, fotografías, bares, libros, compañías ocasionales ni de trabajo, bebidas, cigarros, películas, ni siquiera hijas, ni la putísima madre que pudiera evitarlo. seguramente porque así nace y muere la gente, alguien dijo. él agregaba a eso que también así transcurría.
que en los cortos ratos en los que dormía lo hacía sin sobresaltos y con ganas. que la vida pasaba subido a un tren que avanzaba muy lento y suave, como si flotara, sin tatán tatán, y el destino al que llegaba siempre era una rambla soleada interminable, bordeada por un lado de agua de olas chiquitas y calmas (2) y del otro de pequeños y cálidos lugares llenos de colores en los que se podía uno meter y era siempre bien recibido. que el amor siempre está ahí, a pesar de la soledad y hasta en los seres más despreciables, sólo que uno no siempre sabe en dónde ponerlo y entonces se lo guarda sin querer, como por un acto reflejo y autodefensivo.
después de todo todo eso, y como le gustaban mucho las mañanas, se levantaba y seguía corriendo y a veces cayéndose.
m.b.
(1) gracias a dulce maría pallero por permitir robarle y adaptar la frase "cortísima de mí"
(2) hay en inglés una palabra para definir a las olas pequeñas y calmas que es "ripples", para la cual no encontré -o no tuve ganas de buscar- equivalente en castellano.
miércoles 29 de julio de 2009
...
ir manejando despacio de buenos aires a montevideo y decirle a mi mujer
agarrá el volanate
cuando sienta que está llegando una canción para escribir
eso es vivir
agarrá el volanate
cuando sienta que está llegando una canción para escribir
eso es vivir
martes 28 de julio de 2009
cadáver exquisito I
Yo pensé que iba alcanzar el zapallo. Pero no, y eso que era una calabaza entera… está bien que era un zapallo inglés más bien pequeño, pero para un pastel. Es decir, para hacer puré para un pastel con carne picada y un poco de espinaca, no me pareció mal…
recién estaba mirando que rodolfo d'onofrio quiere ser presidente de river. ese señor fue jefe mio cuando yo era el pibe de los mandados en una empresa de seguros importante, y andaba en la ucd de alsogaray, después con el innombrable.
hice la secuencia presidente de river/boca > jefe de gobierno > presidente de la argentina, y ahí me dí cuenta que hoy estoy trabajando para macri.
me surgió una lógica pregunta: ¿será el d'onofrio la pata macrista en river?
y luego otra, ésta terrible: ¿estaré destinado a seguir siendo un lacayo de la derecha capitalista? (ferdinand saussure. in memoriam)
recién estaba mirando que rodolfo d'onofrio quiere ser presidente de river. ese señor fue jefe mio cuando yo era el pibe de los mandados en una empresa de seguros importante, y andaba en la ucd de alsogaray, después con el innombrable.
hice la secuencia presidente de river/boca > jefe de gobierno > presidente de la argentina, y ahí me dí cuenta que hoy estoy trabajando para macri.
me surgió una lógica pregunta: ¿será el d'onofrio la pata macrista en river?
y luego otra, ésta terrible: ¿estaré destinado a seguir siendo un lacayo de la derecha capitalista? (ferdinand saussure. in memoriam)
miércoles 22 de julio de 2009
hogar
quiero una casa de ventanas enmarcadas en neones azules
adonde mi gente vuelva aunque no se haya ido realmente jamás
quiero mojarme con una fruta después de tanta arena murmullos aceite espeso
caminar despacio por la avenida más ancha en una madrugada de lunes
y volver a mi hogar con montones de fotos nuestras mías de todos
y la brasa encendida siempre, que nos reciba
quiero que el pasado oscuro sea como un pensar de brisas
quiero relojes con agujas saliendo disparadas a romper cristales de caramelo
no quiero correr más detrás de mis intenciones
sino seguir camino de mis deseos como si fueran una huella arada
porque siempre bebo el licor más áspero y me burlo de cosas tan dulces
es que quiero acostarme de cara a la nada
quiero volver adonde nunca dejé de estar
¿quién sabe qué cosa soy yo?
mirame: entonces no vas a conocerme
adonde mi gente vuelva aunque no se haya ido realmente jamás
quiero mojarme con una fruta después de tanta arena murmullos aceite espeso
caminar despacio por la avenida más ancha en una madrugada de lunes
y volver a mi hogar con montones de fotos nuestras mías de todos
y la brasa encendida siempre, que nos reciba
quiero que el pasado oscuro sea como un pensar de brisas
quiero relojes con agujas saliendo disparadas a romper cristales de caramelo
no quiero correr más detrás de mis intenciones
sino seguir camino de mis deseos como si fueran una huella arada
porque siempre bebo el licor más áspero y me burlo de cosas tan dulces
es que quiero acostarme de cara a la nada
quiero volver adonde nunca dejé de estar
¿quién sabe qué cosa soy yo?
mirame: entonces no vas a conocerme
martes 21 de julio de 2009
el cine de Gus Van Sant, o la vida misma

No soy crítico de cine, sólo un tipo al que le gusta ver cierta clase de películas y pensarlas un poco. Imagino a Gus Van Sant como uno de los personajes más detestados y admirados del cine contemporáneo. En los últimos seis años nos recordó historias tan tristes y aburridas que seguramente podemos odiarlo, pero sucede que las contó de una manera cinematográficamente tan bella que tenemos que aplaudirlo de pie y admitirlo en el club de los realizadores soberbios.
Gerry: planos muy largos, dos ¿amigos? que viajan por el desierto, caminan hasta cansarse y charlan. No mucho más que eso, salvo por un pequeño y curioso sacudón sobre el final que tampoco mueve demasiado la historia. Semejante minimalismo ultra se prolongó en Elephant (visión cruda, estricta y no panfletaria de una de las habituales masacres estudiantiles norteamericanas, ganadora del premio máximo de Cannes 2003) y Last Days (los últimos días de un Kurt Cobain aquí llamado Blake, no autorizados por la viuda Courtney Love). El inmejorable remate de esta suerte de "serie" llegó en 2007 con Paranoid Park, la historia de un skater sin referentes familiares y atormentado por haber protagonizado un hecho que no conviene revelar de antemano. Sólo está la exposición de los hechos. Las lecturas, juicios, conclusiones, o hasta las generalmente innecesarias moralejas quedan libradas en última instancia al espectador.
Problemática adolescente, la omnipresencia vulgar de la muerte, la importancia de unas pocas palabras y -sobre todo- de los gestos para decir con lo mínimo. El tiempo transcurre (casi) a la velocidad de la vida, y (casi) todo lo que sucede nos toca de cerca, a diario, a menudo. Estos cortos filmes -todos andan cerca de la hora y cuarto- nos hablan de cosas comunes, habituales, de las que suceden seguido. Tristes y aburridas. Y por eso tan terribles.
(Ya publicado en el blog de The Howl. Gracias Claudio Angelotti)
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